Vacía Tus Maletas . . . Y Vámonos De Viaje

domingo, 11 de septiembre de 2016

Esa Certeza Tan Poco Frecuente




Tenía el pelo rubio y los brazos del Thor de las películas.
Sonreía sin mirar a nadie de verdad. Con ese desdén de los que nunca han tenido que preocuparse de hacer algo para que les vean.
A veces desaparecía entre la gente que se cruzaba ante él, y luego asomaba de repente, como si no pudiera aguantarse las ganas de que yo le encontrara.

De vez en cuando voy a los bares. Siempre con alguien. Siempre para charlar, y siempre viéndolo todo desde fuera.... Algunas veces me fijo en alguien. Algunas se fijan en mí. Muy pocas nos fijamos los dos… Pero aquella noche, era él quién estaba allí… y eso hizo que todo fuese distinto.


La mesa en la que apoyaba su cerveza le tapaba casi completamente, y la intermitencia con la que nos podíamos ver, era de esa clase de “ahora sí y ahora no”, que le mete morbo a las cosas.

Yo creo que siempre he sido muy disimulada, para que los hombres que me parecen interesantes de repente, no lo sepan tan pronto. Pero supongo, que ese día se me olvidó camuflarme bien, porque el chico que acababa de fascinarme me saludó con la mano, me sonrió, y movió su cabeza como diciendo: Sé que te gusto...



Cuando tienes más años de los que cualquiera pensaría que son los normales para vivir esta clase de historias.
Cuando has vivido muchas veces, que un hombre te mire como miran los hombres.
Cuando ya no te impresionan tanto los chicos guapos y estupendos, solo por ser guapos y estupendos…
Entonces… Quizás no sabes, si la persona que miras puede ser única. Quizás no sabes, si esa persona siente algo parecido a lo que sientes tú. Pero sí sabes, que lo que sientes es especial. Y entonces… aparece esa certeza tan poco frecuente, que te dice que lo que estás viviendo es diferente.

Me levanté de mi sillón. Él me miraba. Me mezclé con la gente que se cruzaba entre los dos. Él me miraba. Me acerqué. Él me miraba…
Extendió sus brazos hacía mí. Él me miraba. Cogí sus manos con muchas ganas. Él me miraba. Tiró de mí hacia él. Ya no me miraba. Nuestros labios se unieron sin planearlo. Ya no me miraba…

Cuando fuimos capaces de abrir los ojos, señalo hacia donde estaba sentado. Cuero marrón y mullido. Una mochila con muchos bolsillos, colgada en una especie de manilla a la altura de sus hombros. Dos ruedas grandes que parecían las de una bicicleta de carreras. Unos pedales planos y plateados, donde se apoyaban unos botines de ante que estaban quietos…

Hay seguridades tan seguras, que no pueden ocurrir más que unas pocas veces en la vida. Sería una estupidez dejarlas pasar porque algo no sea perfecto.


Aquella noche conocí el amor incondicional. El amor que no necesita ser impecable para ser grandioso. Y, además de todo esto… me ligué para siempre, a un hombre con los brazos de Thor.






sábado, 18 de junio de 2016

Algunas Veces





Algunas veces, la primavera viene a casa.

Me pone mi vestido de colores y mis zapatillas de salir a caminar.

Pinta las paredes con tintes de miel dulce y de hierba brillante de rocío.

Escribe por los rincones muchos sinónimos de la palabra “ilusiones”, sin mayúsculas ni letras cursivas.

Algunas veces… la primavera viene a casa.



sábado, 4 de junio de 2016

Hay Caminos . . .



Hay caminos... Caminos que van a todas partes... Y caminos que no llevan a ninguna.

Hay caminos que vienen... Que vienen, incluso aunque nunca terminen de llegar.

        Hay caminos tortuosos. Caminos salpicados de piedras de distintos tamaños —unas muy picudas que hacen heridas, y otras más redondeadas y suaves—.

Hay caminos llanos. Caminos radiantes de flores de colores, y hierba brillante por sus riberas.


Hay caminos para subir.
         Hay caminos que bajan, que luego bajan, y que después... bajan más.

Caminos que dan muchos rodeos. Caminos que te llevan derechito.

Caminos con recovecos.

A veces, podemos elegir nuestro camino. Y otras veces, nos sorprendemos buscando desesperadamente, atajos por los que escapar de él.

Hay caminitos que todas las tardes, feliz recorremos cantando al amor... Y que —muchas más veces de las que nos gustaría—, tenemos que volver a pasar, pidiéndoles que no les digan a nadie, que nuestro llanto su suelo regó...

Hay caminos, por los que nos garbeamos con seguridad. Caminos que sabemos, sin ninguna duda, que van exactamente —lleguemos o no lleguemos—, hacia nuestras metas.
Hay caminos que pisamos con titubeos, con tristeza y sin fuerzas. Todos sabemos que caminos nos conducen hacia donde no queremos estar. Hacia donde no queremos estar nunca... Caminos, de los que alguna vez hemos afirmado — muy tajantemente, casi siempre—, que nunca jamás tomaríamos. Pero caminos, en los que de repente nos descubrimos —preguntándonos desconcertados—, cómo hemos podido llegar hasta ahí.

Hay lugares donde siempre llega algún camino. —Todos los caminos conducen a Roma, según dicen—. Y hay lugares a los que nunca llega ninguno... Pocos caminos, nos llevan a las aldeas sin escuela de Sudamérica. Pocos caminos, nos pasean por los poblados sin agua de África. Pocos se allanan, ante las personas que tienen que lanzarse a cualquier mar para sobrevivir. Pocos se acercan, por las ciudades bombardeadas que sabemos que existen, en tantos caminos que serpentean por los infiernos de la Tierra...

Hay caminos... Hay otros caminos... Hay más caminos...

Siempre. Siempre. Siempre... Nuestro viaje podría haber ido por otro camino...

Siempre. Siempre. Siempre... Podemos intentar avanzar en el camino... O, intentar renovarlo... O, intentar largarnos de él...

Pero... Siempre. Siempre. Siempre... Nuestra vida va por un camino que, —nos guste más, o nos guste menos—, es el nuestro.






jueves, 24 de marzo de 2016

Hasta Cuando No Está



                       
                Otro día que me toca esperar a mí. Mañana llego tarde… O ni aparezco.

            Siempre digo igual y luego no lo hago. Pero muy pronto voy a ser capaz y entonces ya verá… Ver todos los días a la misma gente me está hartando. No entiendo como no se aburrirán de hacer siempre lo mismo.

         Por ahí llega el muchacho del pastor alemán… Parece que esta tarde no va tan desastrado. Eso es que tendrá alguna cita… Tira la pelota, el perro se la devuelve. La camiseta de hoy no es muy fea. Este niño debería ir siempre con colores claros… Ahí va la pelota otra vez, y ahí va corriendo el pobre animal. Pues ya no salta como antes. —¡Que fea es la vejez! Como decía mi abuela—… Lo que sí es seguro es que el chiquillo tiene una cita —o un rollo de esos como dicen ahora—. Los vaqueros que lleva tienen mejor pinta que los de otras veces… Pues me alegro de que este chico tenga algo, que quedar con alguien que te gusta siempre crea mucha ilusión…

     En fin… Que el muchacho irá donde le dé la gana, pero yo es la última vez que vengo aquí. —¡Vaya que si lo es!— Y además, que tampoco voy a ser la mujer más paciente del mundo… Pero, ¿y si dejo de venir y le pierdo del todo? No sé… Bueno, ahora no voy a entretenerme en pensar en eso.

    Ya viene la pesada de la frutería, seguro que me saluda como si le diese mucha alegría verme… la que me lía para un par de manzanas y alguna lechuga que le compro de vez en cuando… Entre su colonia y su conversación siempre me deja mareada. Suerte que tengo éste jazmín junto a mi banco que me llena el aire de aromas, de flores y de tranquilidad.

           ¡Y éste hombre sigue sin aparecer! Pues que no crea que voy a seguir viniendo todos los días, con la de cosas que tengo que hacer. Si acaso vendré de vez en cuando. Y además, que la semana que viene me voy a la feria. ¡Ya lo creo que me voy! A ver si se piensa que la voy a pasar aquí como el año pasado. ¡Me gustaba tanto bailar! En fin… Ya veré lo que hago.

            Ahí llega la parejita de la moto azul. Muy bien, sin casco ni nada. Se sientan en el banco más apartado. Les da igual que le falten la mitad de las tablas. La espalda está claro que no les duele. —¡Bendita juventud! Como decía mi madre…— Besos, besos y más besos… Ahora están seguros de que nunca se quedarán solos… Mejor así.

             La verdad es que soy la más normal de todos los que pasan por aquí. La más normal y la más cansada.

    Me voy que ya empieza a oler el puchero de la del primero. Esta mujer no tiene imaginación para la cocina…

    Estoy viendo, que se me ha despistado otra vez. Los hombres ya se sabe, no tienen memoria más que para el fútbol.

           A veces pienso que se ha podido olvidar de mí… Pero enseguida se me pasa. Definitivamente, él nunca podría dejar de pensar en nosotros. Eso sería imposible.

         Mañana viene seguro, es sábado y el martes es mi cumpleaños. Estoy convencida de que esta vez se acuerda. Igual hasta me trae un regalo. A lo mejor lo está comprando ahora… ¡Que ilusión! Como venga con algo no voy a saber que decir.

      Seguro que aparece a la hora más inesperada. ¡Mira que si asoma por la esquina con un enorme y precioso ramo de flores…! ¿Y si me encarga una tarta? Ay, que este hombre es capaz… Una tarta de milhojas llena de velas… Con esa luz tan romántica que dan…. Tengo que pensar el deseo que voy a pedir cuando las sople. Me emociono solo de imaginar el momento. Él siempre ha sabido cómo llenarme de sensaciones bonitas. Él sabe hacerlo... Hasta cuando no está.

      Esta tarde tengo que ir a la peluquería y luego pensaré lo que voy a ponerme mañana. ¿Falda o pantalón? Ay, yo que sé... ¡Estoy tan nerviosa!

      Sin duda, los sesenta es la mejor edad para una mujer… Últimamente lo pienso a menudo.   






   

miércoles, 3 de febrero de 2016

Nuestros Queridos Esperpentos O La Escapada Sin Sentido De La Prima Enriqueta



Hace dos años y un día que la prima Enriqueta cumplió los cincuenta y ocho y medio. Nada hacía pensar que aquella tarde desaparecería.

        Fuimos a su casa. Comimos su famoso pollo en pepitoria, la ensaladilla rusa de la madre de mi cuñado y los aperitivos que llevamos cada uno. Bebimos los refrescos del tío Damián, hicimos café y, cuando todavía no había terminado de soplar las ciento diecisiete velas de su tarta, mi prima se marchó.

El sobrino de mi cuñado cogió una rabieta cuando vio que Enriqueta se dejaba un montón de llamas ardiendo sin que ello le preocupara lo más mínimo. Márilin y Garicuper saltaron ladrando sobre la prima Genoveva. Yo no puedo dejar de decir que el niño y los chihuahuas  tenían toda la razón de ponerse cómo se pusieron; y eso que no sabían que habíamos tenido que buscar por tres pastelerías diferentes para que Enriqueta tuviera el doble de velas de su edad, como Dios manda en los cumpleaños y medio.


La prima Enriqueta levantó la cabeza del pastel que estaba soplando, se contempló seria en el espejo que colgaba sobre el aparador y se fue a su habitación. A los cinco minutos apareció con el vestido de flores que había estrenado la noche de su primer baile, el pelo suelto y, aunque no estoy segura porque siempre ha estado bastante plana; yo diría, que mi prima no llevaba sujetador, Miró a su alrededor y, con los ojos tan brillantes cómo las llamas que acababa de dejar encendidas, dijo: Así iba vestida la primera vez que quise volar; sólo que ahora sí puedo. Cogió de un cajón una foto que parecía recortada de una revista, metió en su bolso el libro de un tal Benedetti que siempre tenía por en medio, volvió a pararse frente al espejo que colgaba sobre el aparador, aunque ésta vez se reflejó sonriendo, y salió despacio a la calle.

        La tía Manuela y su hijo David fueron tras de ella. Nadie pensó ni remotamente que no la encontrarían y mucho más, sabiendo cómo todos sabemos, que el primo David es corredor de los que sólo se dedican a correr y lo hace tan rápido y tan bien que su mujer se siente orgullosa y feliz aunque tenga que coser para las vecinas a la salida de su trabajo.

        Ninguno éramos capaces de creer lo que estábamos viendo. En mi familia todos hemos sido siempre muy normales y una actuación tan rara no es propia de nosotros. Yo no quiero decir nada pero, por lo menos, Enriqueta tenía que haber abierto el frasco de colonia y los pañuelos con la E cursiva bordada en rosa que le compramos con tanta ilusión.

A su regreso, mientras se daba aire con la mano, la tía Manuela nos aseguró que a nuestra prima tenía que haberle pasado algo sobrenatural; de otro modo, era imposible que David no hubiera sido capaz de alcanzarla.

Tras el oportuno alboroto, decidimos hacer una meditación colectiva. Barajamos posibilidades, atamos cabos y pensando y pensando entendimos lo que nos quiso decir Enriqueta antes de irse con eso de volar.

Había dos posibilidades razonables:

Nuestra prima se había transformado en algún animal volador con vete a saber que extraña pócima o estaba planeando por ahí abducida por cualquier extraterrestre desconocido.

        Así, desde aquella tarde y cada seis meses, conmemoramos el día del vuelo de Enriqueta. Mi hermana prefiere pensar que subió al cielo en cuerpo y alma y siempre se refiere a él cómo el día de la otra ascensión. A mi no me gusta hablar; yo podría aceptar que esto le hubiese ocurrido a la abuela Leonor, pero mi prima nunca hizo los méritos suficientes para que Nuestro Señor le concediera tal privilegio.

Desde que recuerdo, todos mis parientes cercanos y lejanos nos reunimos en los cumpleaños y medio de los mayores de cincuenta que están vivos, pero cómo nuestra prima ni se había muerto ni estaba con nosotros nos quedamos sin saber que hacer.

Tras deliberar lo necesario, mi familia tomó la decisión acertada: Seguiríamos reuniéndonos con las comidas de siempre; eso sí, ya no había necesidad de comprar una tarta.

Ayer iba a ser la cuarta vez que nos juntáramos para recordar el vuelo de Enriqueta. La suegra de mi primo ya había echado los boquerones en vinagre para las banderillas, el tío Damián tenía la lista del vino y las cervezas que iba a comprar, la nevera de la madre de mi cuñado estaba llena con los ingredientes para hacer la ensaladilla rusa cómo sólo ella sabe hacerla y yo acababa de preparar la masa de las croquetas de jamón. Todo estaba en orden, pero sin embargo, en ésta ocasión hemos tenido un problema.

        Lorena, amiga de mi prima, recibió una carta suya. Yo soy muy discreta, pero no me puedo callar que Enriqueta debería haberse puesto en contacto con alguien de su sangre, de todos es sabido que la sangre hace morcillas, y no con esa mujer que a veces le da por escribir historias sin pies ni cabeza y que ya ha tenido cinco novios que yo sepa.

        Mi familia reaccionó cómo es debido. Nos telefoneamos muchas veces, mi hermana fue corriendo a la iglesia a consultar con su párroco, Genoveva se encerró con Márilin y Garicuper para poder pensar con más claridad y mi tía tuvo que buscar respuestas en su bola de cristal a pesar de que, en ese momento, los astros no eran favorables.

Entre todos, cómo debe ser, decidimos que lo correcto era leer la carta de Enriqueta el día de su aniversario.

Es fácil de entender que, incluso a nosotros, nos haya sido imposible evitar un cierto desconcierto. La suegra de mi primo no sabía que hacer con los boquerones, el tío Damián llevó sólo unas cuantas cervezas, la madre de mi cuñado estuvo vomitando tras comerse sola la ensaladilla y yo tuve que dejar a medio freír las croquetas para ir rápidamente a desahogarme a la peluquería.

         Tal y como habíamos acordado, nos juntamos ayer en el salón de Enriqueta. La reunión fue más bien de las de tomar decisiones que de las de celebración. Nadie llevo comida.

Lorena llegó tarde. Habló poco y empezó a leer.

       Un sobre con matasellos de Italia, tres folios llenos de palabras en color verde y, sobre todo, un Mi muy querida familia con letras mayúsculas nos recordaron que lo que sentíamos hacia nuestra prima no era sólo curiosidad.

        Estaba bien. Sus ganas de buscar, ya no le producían la ansiedad de siempre. Por fin lo había aceptado y le gustaba. Importaba poco lo que pudiera encontrar.

        Enriqueta estaba intentando poner un poco de orden en sus líos y se había dado cuenta de que deseaba compartir con su familia algunos de sus sentimientos.

A mi no me gusta interrumpir pero no tuve más remedio que hacerlo. A ver si no hubiese sido mucho más fácil hablar con todos en alguna de nuestras reuniones familiares en vez de irse a la otra punta del mundo sola perdida.

La carta continuaba hablando de años de huidas sin moverse a ninguna parte, de años de no complicar ni su vida ni la de los demás y de años de miedos. Enriqueta decía que con la edad algunos de esos temores se apaciguan y se hace más importante que los que te quieren te conozcan. Ya no le producía desasosiego lo que pudiéramos pensar.

Mi tía puso agua a calentar para hacer unas tilas, mi hermana se santiguó dos veces, Lorena continuaba leyendo y yo, a pesar de que nunca me ha gustado llamar la atención, tuve que ponerme de pié para decir lo que pensaba.

No hay duda, de que una mente enrevesada ha tenido que influir en nuestra prima. Seguro que en esos largos paseos sin sentido que daba por la playa ha conocido a algún viejo verde que le ha metido esa sarta de sandeces en la cabeza.

Ahora resulta que Enriqueta está en Venecia y no para ver la Iglesia de San Marcos o pasear en góndola que eso, más o menos, podría entenderlo. Sino porque un buen día leyó un artículo en una revista, de esas que no cuentan nada de nadie, que decía cómo la ciudad se estaba hundiendo poco a poco. Bueno, pues a ella no se le ocurrió otra cosa que sentirse identificada con Venecia. Que no me diga nadie que no son ganas de darle vueltas a las cosas tontamente.

La echo de menos. Si no fuera una locura me darían ganas de ir a verla ahora mismo, pero no me dan.

Un os quiero subrayado, su nombre y la frase “No os de miedo ser felices”, terminaban una carta que nos dejó en silencio a todos por primera vez.

Yo creo que vamos a tener que convocar pronto otra reunión familiar.

Cuando volví a casa, y sólo por un instante, muchos deseos que  siempre había considerado muy difíciles de alcanzar, aparecieron asombrosamente fáciles de conseguir delante mí. Pero, ya se me ha pasado.

Ésta noche no he dormido bien. Escenas de películas tristes se mezclaban con colores chillones flotando por mi cabeza. Supongo que la reunión de ayer me dejó algo tarumba.

Tengo hambre, mis croquetas a medio freír y estoy cansada.

¿Qué querría decir Enriqueta con lo de ser feliz? Mejor me pongo a planchar que bastante tiempo he perdido ya. Tengo que preguntar a mi familia quien es ese Benedetti.

No entiendo por qué mi prima no me contó lo que sentía. Nosotras hablábamos a menudo por teléfono.

Un día de éstos voy a dar un paseo por la playa. Aunque, mejor no. Eso no tendría sentido.



martes, 2 de febrero de 2016

Tras los Reflejos De Una Botella De Vino




El timbre de mi casa suena solo un segundo, cómo si no quisiera molestar.
El corazón me palpita zarandeándome el pecho.
Las piernas me tiemblan tanto, que no estoy seguro de poder llegar hasta la entrada sin caerme.
Abro la puerta. Unos ojos brillando de picardía, se asoman tras los reflejos de una botella de vino.
Ella me coge la mano con seguridad. Entiende que no sé que hacer, y me sonríe. Sus labios se acercan a mi boca.
Nos besamos. Nuestras lenguas se rozan por un momento… Solo por un momento.
Mis nervios se van, y algún cosquilleo distinto y tranquilo me aparece.

Hay una mesa. Hay una rosa. Hay velas encendidas. Hay platos adornados con comida, y hay dos copas grandes y vacías que estamos a punto de llenar…
La música de jazz lo envuelve todo.

         Ella pasea entre las sillas, y parece que planchara hacendosamente el mantel. Juguetea con los bordados. Creo que es su señal para que vaya hacia ella.

Voy hacia ella…
La rodeo por detrás. Alcanzo el sacacorchos, y me pego a su espalda. Luego, me pego un poco más. Y luego más y más, con cada vuelta que da mi mano abriendo la botella…
Ella sirve una copa. Deja otra a la mitad.
Empieza a derramar gotas por su escote…
Chispas de color rojo oscuro se deslizan desde su cuello hasta perderse dentro de su vestido. Chispas que me atrapan. Chispas que no puedo dejar de mirar.
Me excita imaginar su recorrido. Me provoca pensar en seguirlas a donde vayan.
Otra vez voy hacia ella. Me gusta como juega a su antojo conmigo.

Brindamos por nosotros. No hay nadie más.
Me acaricia como si no pudiese aguantar la pasión. Me mira, como si su mirada fuese toda para mí.
Nuestras lenguas al fin se enredan. Al fin se enredan mucho. Recorren los rincones de nuestras bocas. Recorren todos los rincones…
Yo remojo mi calor en vino tinto. Ella remoja su trabajo.
Me gustaría que la cena tuviese que esperar. No porque acabara nuestro tiempo concertado, sino porque sus ganas la empujaran a asaltarme sin paciencia.

Ella ve la rosa. Yo veo que le gusta. La coge, y toca muy despacio mi cara con ella. Respira su aroma, cierra los ojos, y me besa en la mejilla. —Me parece que ese es un beso de verdad—.
Después, sigue besándome como antes…

Hacía mucho que no tenía una cita así. Una cita con una desconocida… Una cita donde todo es como si fuera diferente. —Quizás es que todo es, auténticamente, diferente—.
Cenamos. Acabamos el vino. Las velas se van consumiendo. Nos reímos. Parece contenta…
He tenido suerte…

Ropa de mujer empieza a esparcirse por mi suelo. Vuelve a encenderme con el simple contoneo de sus hombros.
Coge el bolso. Saca un montón de preservativos en paquetitos de colores, y me da a elegir. Recuerdo una escena casi igual en Pretty Woman, y pienso que ella se da un aire a Julia Roberts cuando se quita esa peluca rubia tan espectacular. También pienso que yo no me parezco en nada a Richard Gere…
Los elijo todos. Esparzo por la cama un puñado de sobrecitos multicolor. —Y luego ya veremos—… Ella sonríe.

Sábanas empapadas en sudor y deseos, empiezan a revolverse por mi habitación.
Saxos, pianos y baterías retumban por las paredes, aunque se oigan muy poco y muy a lo lejos.
Estallidos que tenía olvidados me redoblan por dentro.
Y, casi me estremezco…

Yo quiero estar aquí.
Yo quiero estar aquí.
Yo quiero estar aquí.


Cuando se va, me acuerdo de que no me ha preguntado mi nombre. Y —aunque sea una tontería— eso sí que lo echo de menos...



jueves, 28 de enero de 2016

Una Mujer En Sus Sueños




Mi estimado caballero:

Hace ya un tiempo que vengo pensando en escribirle, pero al no conocer a nadie que supiese como ayudarme en esta misión, no la he podido realizar hasta ahora. Al fin, la fortuna ha querido que un monje de esos que viajan por el mundo repartiendo fe a unos y a otros, pasara junto a mí huerta mientras yo acarreaba un haz de trigo que acababa de cosechar… Y aquí está, con su infinita sabiduría y bondad —como él mismo me ha comentado—, escribiéndole a usted lo que yo le diga.


Dicho esto, paso a centrarme en la cuestión que tanto me inquieta. 
Llevo unos meses recibiendo visitas, a cualquier hora del día o de la noche, de pastores, labriegos, mercaderes, y algún que otro pobrecillo —que más parece escapado del manicomio de Toledo, que hombre de bien—… Y todos ellos con la misma cantinela:

—Señorita Dulcinea, que su caballero andante D. Quijote de la Mancha se ha peleado con unos cueros de vino, porque dice que usted es la más bella...

—Señorita Dulcinea, que su caballero andante se ha enfrentado a unos molinos de viento, porque dice que usted es más hermosa del lugar...

—Señorita Dulcinea, que D. Quijote dice que le diga, que al fin le han nombrado caballero andante, porque usted es la mujer más elegante por la que un hombre podría suspirar... 


Y así un día, y así otro día, y así otro día más...

Y yo entre tanto aquí puesta, con las labores que me dan de comer. Con mi arado y con mis mulas. Con mi pelo enmarañado, mis sudores por la cara y mis kilos de más... Con mis muchas ganas de acabar la jornada para poder descansar tranquila, y mis pocas ganas de aguantar a cualquier desconocido que me venga con monsergas.

Y encima, Sr. Caballero andante, y para colmo de sin sentidos… Yo ni siquiera me llamo Dulcinea.

Como verá, esto no puede seguir así. Me he puesto a barajar posibilidades, y creo que se me ha ocurrido una buena solución para los dos.

Pensando que su señoría no me conoce a mí de nada, y por lo tanto tiene que darle igual una que otra, he llegado a la conclusión de que a usted que más le daría buscarse una moza diferente —más ociosa y más dispuesta—, para ser la señora de sus pensamientos y la musa de sus hazañas. Y, como por lo que me cuentan, me parece que ni un real, ni una oveja —y ni tan siquiera un mal revolcón—, se podrían esperar de esos honores, está claro que no debo enredarme en tonterías de enamorado que no llevan a ninguna parte.

De esta manera tan sencilla, usted tendría una mujer en sus sueños, y yo volvería a mi realidad.
Así que, compréndame usted Sr. D. Quijote, que le escriba esta carta un poco desesperada con la idea de acabar con estas idas y venidas de hombres por mis tierras, que no hacen otra cosa que espantarme a algún pretendiente que por fin me pudiera salir, que una ya va teniendo una edad, Sr, Caballero, y no puede perder un tiempo que no volverá…
Siga usted por esos caminos de esta tierra repartiendo bondades, saberes y justicias, y a mí déjeme con la vida que me ha tocado vivir. Que hay que estar muy preparado y creer mucho en ilusiones, para saber recibir los regalos que nos vienen...
Con afecto.
                                                 Aldonza Lorenzo








miércoles, 20 de enero de 2016

Sin Pedirme Permiso


      

Todo era azul chispeante aquella mañana. El sol brillaba y regalaba su luz por mi mundo. El agua del arroyo me cantaba. Los pájaros bailaban conmigo…
Y yo no podía imaginarme un lugar mejor por donde soñar.


            Las paredes aparecieron de repente.
Mi silla surgió debajo de mí, y se volvió helada y dura.
Intente levantarme para acostarme otra vez en mi habitación, pero el pasillo estaba lleno de unos peldaños que solo sirven para subir.
Yo estaba demasiado cansada pero llegué a mi cama, porque eso era lo único que quería hacer. Mis sábanas no eran lo bastante grandes como para refugiarme entera, y mis mantas no podían arroparme como yo necesitaba en ese momento.
Me dormí con frío.

            Un campo abarrotado por una hierba tan verde como la hierba más verde del mundo, me acercaba a las montañas más altas. Yo iba por una vereda sin cuestas arriba, por un sendero sin piedras que no hacía otra cosa que llenar mis pasos de paz.
Me apeteció salirme de mi camino… Y lo hice… Y nadie me regañó por ello…

No podía moverme. Sentía el invierno a mi alrededor, y el radiador lo tenía demasiado guardado.
Un suspiro de los de —Basta ya de penas—, se me escapó sin control mientras dormía.
Respiré…

Una casita sin vallas asomaba entre los árboles. El humo de su chimenea se mezclaba con las nubes, y el calor de su interior llegaba balanceándose hasta mí.
Con la serenidad que da sentir que has encontrado tu sitio, me acerqué sin prisas.

Como si una brisa con olor a tomillo y a lavanda me embriagara desde dentro, se me llenó el cuerpo de imágenes en color y en blanco y negro. Recuerdos de amor y de nostalgia con tristezas, se me mezclaron. Mis canciones rockeras y mis boleros, salieron a bailar sin pedirme permiso. Y… entre sueños, empecé a acordarme de las sendas serenas que siempre tengo junto a mis peldaños de subida.

La puerta de la casita sin vallas estaba abierta y eso me pareció de lo más normal. Una mesa con un tarrito de cristal lleno de margaritas tapaba parte de la leña amontonada al fondo. La luz de las llamas lo iluminaba todo y la sombra de las flores se escondía por cada rincón del salón.

           Abrí los ojos. Me sorprendió no verme rodeada por las chispas de la lumbre que estaba sintiendo, pero la borrachera que traía —no sabía de dónde—, me ayudó a sonreír.
Desperté…  
Extendí los brazos. Salté de la cama. Y desperté más…
Me puse de puntillas. Levanté la cabeza. Y respiré otra vez.
Respiré mucho.
Decidí que ya había pasado suficiente frío, y se me ocurrió que ese era un buen momento para buscar mi estufa —estuviese donde estuviese—…
Recordé algo de lo que había soñado:

Me acerqué al fuego.
Me acurruqué sobre el sillón verde lleno de mantas enormes que había enfrente.
Dejé que la magia de la chimenea hiciera lo que quisiese conmigo…
Y, me dormí.

            De vez en cuando… Le permito a mis sueños, que se parezcan un poquito a mi realidad.
           
            


viernes, 8 de enero de 2016

Dos metros de cien palabras


       


Nuestro equipaje


Camina a mi lado con su carita de buena. Baja despacio las escaleras del metro que acaban de inaugurar en Málaga. Me agarra fuerte, y su ilusión traspasa nuestras ropas.

Se emociona cuando me cuenta que montaba con su madre en Madrid al acabar la guerra, y siente aquella inquietud. Le divierte que a mi padre le encantara subirse de novios, porque ahí ella le dejaba agarrarla por la cintura. Me recuerda de pequeña saltando y aplaudiendo, cada vez que el tren se metía por el túnel.

        Cuando nos sentamos en el vagón, el mejor viaje lo habíamos hecho ya.



       


Vaciando maletas


Bajo cargada las escaleras del metro. La parada del Perchel está junto al autobús. Eso me tranquiliza.

Saco el billete.

Al pasar por la entrada, mi equipaje no cabe bajo la barra del torno.

Lo intento. Lo intento. Lo intento…

Muchas veces he conseguido seguir con mis cargas y no me ha importado. Pero de repente, sí. De repente me trastorna. De repente estoy muy harta.

Cojo mi maletón de cuatro ruedas y lo pongo a un lado cuidadosamente. Suelto el paquete de regalos, la bolsa de mano y el neceser.

Y así, sin maletas… Consigo continuar mi camino de verdad. 



jueves, 29 de octubre de 2015

Y Le Ponemos La Mantequilla





Dormía en el sofá del salón. Sus curvas me transmitían una serenidad, que si no fuese una mujer me habría sido imposible percibir. Su pelo castaño le caía sobre la cara dejando que un mechón rozara sus labios. Esos labios que tantos cuerpos habían recorrido, que tantas bocas habían besado… Esos labios que tan minuciosamente me habían descrito tantos días de pasión —con esa clase de ardor—, que sólo una mujer que se sintiera fantásticamente bien follada, podía trasmitir.
Sus poros se abrían de par en par y su piel se erizaba de una manera totalmente perceptible cada vez que recordaba a sus amantes. Hablaba de cada uno como si fuera único. El único amor de su vida… El único amor de su vida por esa noche. Se revolucionaba su respiración mientras me contaba lo que sentía con el contacto de su boca, mientras me describía su cara, sus hombros, sus manos, su pecho, su cuerpo… Impetuosamente todo su cuerpo. Volvía a excitarse con solo recordar a esos hombres que habían sido su vida entera, durante unas horas.
Me acerqué a su lado y me sorprendió notarla cansada. Nunca había pensado que pudiera ser frágil alguna vez.
No se si notó mi presencia, o si fue una de esas casualidades de las que habla la gente, pero en ese momento se despertó.

—Buenos días.
—Hola. Ummmm. ¡Que sueño! ¿Hace mucho que estás despierta?
—Un ratillo. Voy a preparar café.
—Al final me quedé frita en el sofá.
—Yo también. Me parece que nos dormimos hablando.
—¡Que bien lo pasamos anoche! Y que sinvergüenzas que son los hombres… Y que guapos algunos… Y cómo nos reímos…
—Es verdad. Cada día me divierten más esos juegos de seducción. Pero si me parece que voy a aprender y todo... Y esas caritas que ponen —cuando nos miran como miran los hombres—… ¡Me encanta!
—Esas caritas y esos cuerpecitos. Que no veas algunos… ¡Ufff! Me pongo hasta nerviosa al acordarme.
—Hace un rato he estado pensando en lo espontaneo que te sale todo éste juego. En lo natural que haces que resulte ponerle morbo a cualquier tontería.
—Pues yo anoche te estuve observando un rato, mientras hablabas con ese chico rubio tan alto, y me di cuenta de lo tranquila y de lo bien que se te ve ahora. ¿Te acuerdas de cuando no podías ni hablar con nadie del género masculino? ¿Y de cuando empezaste a salir por las noches? ¿Y de ese pavo que te entraba siempre?
—¡Cómo se me va a olvidar! Sobre todo por lo que te reías tú a mí costa... Pero, si no sabía ni cómo ponerme cuando estaba cerca de la barra de un bar. No se me ocurría ninguna manera que me gustara para poner las manos, ni para colocar las piernas. Pero si en cuanto me miraba un chico, me daba la vuelta…
—Bueno, eso pasó y ya no te cortas por bobadas viejas. Ya no te preocupas de lo que pueda creer nadie. Simplemente haces lo que te sale hacer… Sin más historias.
—Mis peleas de siempre contra mi timidez. Tú lo sabes bien… Pero esas batallitas ya las voy ganando de vez en cuando. Ya mismo seré la mujer más espontanea del mundo… ¿Y sabes de lo que tengo ahora unas ganas enormemente espontaneas y arrebatadoras?
—No me digas que tenemos que llamar a algún amigo a estas horas tan tempranas…
—No. Tengo unas ganas enormemente espontaneas y arrebatadoras… De un café gigante.
—¡Ah, vale! Yo también. Pon la cafetera, que voy preparando las tostadas.
—Perfecto. Encendemos el fuego… Las calentamos... Y luego, les ponemos la mantequilla…