Vacía tus maletas... Y vamonos de viaje

lunes, 28 de noviembre de 2011

Antes De Amanecer



  Una mañana de abril, mientras se colocaba su traje de brillo dorado para dar el paseo diario, borró su sonrisa, cambió la luz que siempre tenía en su mirada por unos ojos tristes, y acurrucado tras la montaña que le protege cada noche, el sol comenzó a llorar por primera vez en su vida.

          Llegaron las nubes blancas con su alegría, las nubes grises cargadas de ideas y hasta las nubes negras, que siempre aparecen enfadadas y echando rayos y truenos por la boca, venían tranquilas y con ganas de escuchar.

La pequeña brisa que siempre quiere bailar, llegó de la mano del huracán que siempre está enfadado; y esto es muy raro, porque al huracán no le gusta juntarse con nadie.

Las estrellas acababan de acostarse, pero se levantaron de un salto cuando se enteraron de la noticia. Incluso el lucero, que está un poco gordo y no se mueve con agilidad, llegó enseguida al lado del sol.

La luna intentó llenarse lo más posible para arropar a su compañero. Primero había pensado coger la forma de cuarto menguante y mecerlo un ratito, pero luego se dio cuenta de que abrazarse les iba a gustar mucho más a los dos.

El sol seguía tan ocupado con su tristeza, que no se había enterado de que tenia a tanta gente a su alrededor. Entonces levantó la mirada, dejó de apretarse entre sus rayos y el brillo volvió a asomar a sus ojos.

Las nubes, los vientos, las estrellas y la luna estaban allí. Ninguno le dijo nada que no le hubiese dicho cualquier otro día. Ninguno intentó animarle. Nadie quiso comprenderle, ni le compadeció. Y nadie quiso hacerle sonreír.

El sol no sabía lo que le pasaba, pero sí estaba seguro de que era algo que tenía que ver con él. Y, por lo tanto, solamente él podía solucionar.

Miró a todos, y las chispas calidas de sus ojos llegaron hasta cada uno de sus compañeros. Entonces siguió llorando, porque eso era lo único que podía hacer en ese momento.

El sol sintió cómo las nubes se colocaron para proporcionarle un colchón de tres colores. La luna le abrazó, haciéndole sentir el calor que solo saben dar los amigos. Los vientos suaves y los vigorosos se unieron para secar las lagrimas que iban rodando entre sus rayos; y el lucero y las estrellas se acomodaron a su alrededor, para que nunca dejara de creer en las luces que casi siempre tenemos a nuestro lado.

Se levantó con su propio impulso, pero apoyándose en todos para conseguirlo. Sonrió, dijo un profundo gracias que no necesitó de la palabra, pero que nadie dejó de escuchar; y terminó de ponerse su traje de brillo dorado.

           El sol se estiró lo que pudo hasta acariciar el cielo con su resplandor, y sabiendo ya lo que es la tristeza, asomó tras la montaña que le protege cada noche; y volvió a amanecer.






martes, 22 de noviembre de 2011

Se Me Olvidó Sentir Miedo



La mañana en la que más segura estaba de que nunca volvería a sentir nada; aún no sabía, que esa misma tarde aprendería a volar.

Apartado de mi camino, junto a una vereda cuajada de pinchos y matorrales y oculto tras unos árboles que parecían preciosos; asomaba, cómo si no fuera importante, el campanario de una iglesia escondida. Si hubiese ido hacia alguna parte, nunca se me habría ocurrido perder el tiempo acercándome allí.

El sonido de la puerta cuando la empujé, fue para mí como una agradable invitación a entrar.

Me dejé envolver por la penumbra del interior, mientras mi mirada paseaba por las paredes de aquella habitación que parecía vacía. Llamas de un naranja luminoso colgaban en uno de los rincones; pero, ni siquiera ellas, me hicieron pensar que no estaba sola.

Un hombre apareció por una puerta que yo no había visto, se dirigió a la luz y cogió el palo que estaba ardiendo. Sonreía, me acercaba su fuego muy despacio y sus ojos no necesitaban palabras.

Saludó con una inclinación sin dejar de mirarme, tomó mi mano y anduvimos hacia el centro de la iglesia. Una enorme liana de esparto, pendía desde el techo arrastrándose a mi lado. Me cedió su antorcha y sus brazos rodearon mi cuerpo para alcanzar la cuerda; acarició suavemente mis hombros, mi espalda y, cuando llegó a mi cintura, comenzó a llenarme de nudos. No sé por qué, pero se me olvidó sentir miedo.

Cogió el otro extremo de la soga, con la expresión de un amante cuando entrega un regalo de verdad, y tiró fuerte de ella. Mi cuerpo empezó a elevarse mientras mi pelo y mi falda danzaban tras de mí. Las campanas comenzaron a sonar al compás de mi balanceo. Mi cómplice me miraba desde abajo; y yo, sencillamente, volaba.

De repente, la cuerda se paró cerca de una de las paredes y vi unas caras con barba que me miraban pintadas en el muro. Un enorme espejo colgaba desde el techo relejando el movimiento de mi cuerpo. Las túnicas de colores de aquellos apóstoles, sus largos cabellos, sus ojos iluminados por la luz de la antorcha y el reflejo de mi imagen bamboleándose entre ellos me parecieron increíblemente sensuales. Bajé la mirada hacia aquel desconocido, como lo haría una amante que ha recibido un regalo de verdad; el columpio volvió a bailar con la música de las campanas y, muy lentamente, empecé a descender.

El hombre que acababa de conocer, me rodeó otra vez con sus brazos, desató los nudos que apretaban mis caderas y mi cintura, acarició con su cuerda, con sus manos y con su mirada todo mi cuerpo y después, cogió la antorcha y se alejó.

_Volveré a ésta iglesia algún día. Dije en voz alta.
_Yo vengo a menudo por aquí. Me contestó.
_Entonces nos encontraremos.

Sí esto hubiese ocurrido, si aquella tarde no siguiera siendo única. Hace muchos años que su magia habria desaparecido. Y ya se me habría olvidado, que yo… Sé volar.

           




viernes, 18 de noviembre de 2011

El Hombre De Enfrente




               A veces, me resulta estúpido mirarme al espejo; pero eso está muy lejos de significar que no me guste.

            El hombre que tengo enfrente nunca siente miedo. Dentro de su marco de metal, siempre sabe lo que hay que hacer. Él no debe ponerse un traje, ni una corbata, ni peinarse correctamente. Él no tiene que hacer lo que le dicen los demás. Él no necesita ser simpático.

            Estoy cansado de buscar. Estoy cansado de buscar alguien como yo. Estoy cansado de buscar mi sitio. Estoy cansado de buscar una mano que me acaricie. Estoy cansado de buscar siempre.

            La vida es puñetera. Yo estoy aquí fuera, y lo único que quiero es cambiarme por él. Ser como quiero ser, rodearme por un cuadro metálico; y que a nadie le importe.

            El hombre del espejo se pone un sombrero de colores porque le gusta, su camisa es demasiado grande porque le apetece; coge una pistola porque le da la gana, y ya no necesita llevar pantalones.

Cuando tienes un revolver en la boca, nadie puede pedirte que pienses. Cuando el cañón de acero pasea por tu lengua, cualquiera comprendería que es muy difícil articular palabras geniales.

Ahora puedo llegar a la luna, a la que cuelga frente a mí en la pared, a la luna rodeada de metal. Ahora puedo ser el otro. La imagen que siempre me mira, la que siempre me espera. La persona que nunca hace lo que no quiere hacer.

Cuando aprietas el gatillo, y sólo entonces; te das cuenta de que el hombre del espejo, es tan vulnerable como tú.





jueves, 17 de noviembre de 2011

Nuestros Esperpentos



Hace dos años y un día que la prima Enriqueta cumplió los cincuenta y ocho y medio. Nada hacía pensar que aquella tarde desaparecería.

Fuimos a su casa. Comimos su famoso pollo en pepitoria, la ensaladilla rusa de la madre de mi cuñado y los aperitivos que llevamos cada uno. Bebimos los refrescos del tío Damián, hicimos café y, cuando todavía no había terminado de soplar las ciento diecisiete velas de su tarta, mi prima se marchó.


El sobrino de mi cuñado cogió una rabieta cuando vio que Enriqueta se dejaba un montón de llamas ardiendo sin que ello le preocupara lo más mínimo. Márilin y Garicuper saltaron ladrando sobre la prima Genoveva. Yo no puedo dejar de decir que el niño y los chihuahuas  tenían toda la razón de ponerse cómo se pusieron; y eso que no sabían que habíamos tenido que buscar por tres pastelerías diferentes para que Enriqueta tuviera el doble de velas de su edad, como Dios manda en los cumpleaños y medio.


La prima Enriqueta levantó la cabeza del pastel que estaba soplando, se contempló seria en el espejo que colgaba sobre el aparador y se fue a su habitación. A los cinco minutos apareció con el vestido de flores que había estrenado la noche de su primer baile, el pelo suelto y, aunque no estoy segura porque siempre ha estado bastante plana; yo diría, que mi prima no llevaba sujetador, Miró a su alrededor y, con los ojos tan brillantes cómo las llamas que acababa de dejar encendidas, dijo: Así iba vestida la primera vez que quise volar; sólo que ahora sí puedo. Cogió de un cajón una foto que parecía recortada de una revista, metió en su bolso el libro de un tal Benedetti que siempre tenía por en medio, volvió a pararse frente al espejo que colgaba sobre el aparador, aunque ésta vez se reflejó sonriendo, y salió despacio a la calle.

La tía Manuela y su hijo David fueron tras de ella. Nadie pensó ni remotamente que no la encontrarían y mucho más, sabiendo cómo todos sabemos, que el primo David es corredor de los que sólo se dedican a correr y lo hace tan rápido y tan bien que su mujer se siente orgullosa y feliz aunque tenga que coser para las vecinas a la salida de su trabajo.

Ninguno éramos capaces de creer lo que estábamos viendo. En mi familia todos hemos sido siempre muy normales y una actuación tan rara no es propia de nosotros. Yo no quiero decir nada pero, por lo menos, Enriqueta tenía que haber abierto el frasco de colonia y los pañuelos con la E cursiva bordada en rosa que le compramos con tanta ilusión.

A su regreso, mientras se daba aire con la mano, la tía Manuela nos aseguró que a nuestra prima tenía que haberle pasado algo sobrenatural; de otro modo, era imposible que David no hubiera sido capaz de alcanzarla.

Tras el oportuno alboroto, decidimos hacer una meditación colectiva. Barajamos posibilidades, atamos cabos y pensando y pensando entendimos lo que nos quiso decir Enriqueta antes de irse con eso de volar.

Había dos posibilidades razonables:

Nuestra prima se había transformado en algún animal volador con vete a saber que extraña pócima o estaba planeando por ahí abducida por cualquier extraterrestre desconocido.

Así, desde aquella tarde y cada seis meses, conmemoramos el día del vuelo de Enriqueta. Mi hermana prefiere pensar que subió al cielo en cuerpo y alma y siempre se refiere a él cómo el día de la otra ascensión. A mi no me gusta hablar; yo podría aceptar que esto le hubiese ocurrido a la abuela Leonor, pero mi prima nunca hizo los meritos suficientes para que Nuestro Señor le concediera tal privilegio.

Desde que recuerdo, todos mis parientes cercanos y lejanos nos reunimos en los cumpleaños y medio de los mayores de cincuenta que están vivos, pero cómo nuestra prima ni se había muerto ni estaba con nosotros nos quedamos sin saber que hacer.

Tras deliberar lo necesario, mi familia tomó la decisión acertada: Seguiríamos reuniéndonos con las comidas de siempre; eso sí, ya no había necesidad de comprar una tarta.

Ayer iba a ser la cuarta vez que nos juntáramos para recordar el vuelo de Enriqueta. La suegra de mi primo ya había echado los boquerones en vinagre para las banderillas, el tío Damián tenía la lista del vino y las cervezas que iba a comprar, la nevera de la madre de mi cuñado estaba llena con los ingredientes para hacer la ensaladilla rusa cómo sólo ella sabe hacerla y yo acababa de preparar la masa de las croquetas de jamón. Todo estaba en orden, pero sin embargo, en ésta ocasión hemos tenido un problema.

Lorena, amiga de mi prima, recibió una carta suya. Yo soy muy discreta, pero no me puedo callar que Enriqueta debería haberse puesto en contacto con alguien de su sangre, de todos es sabido que la sangre hace morcillas, y no con esa mujer que a veces le da por escribir historias sin pies ni cabeza y que ya ha tenido cinco novios que yo sepa.

Mi familia reaccionó cómo es debido. Nos telefoneamos muchas veces, mi hermana fue corriendo a la iglesia a consultar con su párroco, Genoveva se encerró con Márilin y Garicuper para poder pensar con más claridad y mi tía tuvo que buscar respuestas en su bola de cristal a pesar de que, en ese momento, los astros no eran favorables.

Entre todos, cómo debe ser, decidimos que lo correcto era leer la carta de Enriqueta el día de su aniversario.

Es fácil de entender que, incluso a nosotros, nos haya sido imposible evitar un cierto desconcierto. La suegra de mi primo no sabía que hacer con los boquerones, el tío Damián llevó sólo unas cuantas cervezas, la madre de mi cuñado estuvo vomitando tras comerse sola la ensaladilla y yo tuve que dejar a medio freír las croquetas para ir rápidamente a desahogarme a la peluquería.

Tal y cómo habíamos acordado,  nos juntamos ayer en el

salón de Enriqueta. La reunión fue más bien de las de tomar decisiones que de celebración. Nadie llevó comida.

Lorena llegó tarde. Habló poco y empezó a leer.

Un sobre con matasellos de Italia, tres folios llenos de palabras en color verde y, sobre todo, un Mi muy querida familia con letras mayúsculas nos recordaron que lo que sentíamos hacia nuestra prima no era sólo curiosidad.

Estaba bien. Sus ganas de buscar, ya no le producían la ansiedad de siempre. Por fin lo había aceptado y le gustaba. Importaba poco lo que pudiera encontrar.

Enriqueta estaba intentando poner un poco de orden en sus líos y se había dado cuenta de que deseaba compartir con su familia algunos de sus sentimientos.

A mi no me gusta interrumpir pero no tuve más remedio que hacerlo. A ver si no hubiese sido mucho más fácil hablar con todos en alguna de nuestras reuniones familiares en vez de irse a la otra punta del mundo sola perdida.

La carta continuaba hablando de años de huidas sin moverse a ninguna parte, de años de no complicar ni su vida ni la de los demás y de años de miedos. Enriqueta decía que con la edad algunos de esos temores se apaciguan y se hace más importante que los que te quieren te conozcan. Ya no le producía desasosiego lo que pudiéramos pensar.

Mi tía puso agua a calentar para hacer unas tilas, mi hermana se santiguó dos veces, Lorena continuaba leyendo y yo, a pesar de que nunca me ha gustado llamar la atención, tuve que ponerme de pié para decir lo que pensaba.

No hay duda, de que una mente enrevesada ha tenido que influir en nuestra prima. Seguro que en esos largos paseos sin sentido que daba por la playa ha conocido a algún viejo verde que le ha metido esa sarta de sandeces en la cabeza.

Ahora resulta que Enriqueta está en Venecia y no para ver la Iglesia de San Marcos o pasear en góndola que eso, más o menos, podría entenderlo. Sino porque un buen día leyó un artículo en una revista, de esas que no cuentan nada de nadie, que decía cómo la ciudad se estaba hundiendo poco a poco. Bueno, pues a ella no se le ocurrió otra cosa que sentirse identificada con Venecia. Que no me diga nadie que no son ganas de darle vueltas a las cosas tontamente.

La echo de menos. Si no fuera una locura me darían ganas de ir a verla ahora mismo, pero no me dan.

Un os quiero subrayado, su nombre y la frase “No os de miedo ser felices”, terminaban una carta que nos dejó en silencio a todos por primera vez.

Yo creo que vamos a tener que convocar pronto otra reunión familiar.

Cuando volví a casa, y sólo por un instante, muchos deseos que  siempre había considerado muy difíciles de alcanzar, aparecieron asombrosamente fáciles de conseguir delante mí. Pero, ya se me ha pasado.

Ésta noche no he dormido bien. Escenas de películas tristes se mezclaban con colores chillones flotando por mi cabeza. Supongo que la reunión de ayer me dejó algo tarumba.

Tengo hambre, mis croquetas a medio freír y estoy cansada.

¿Qué querría decir Enriqueta con lo de ser feliz? Mejor me pongo a planchar que bastante tiempo he perdido ya. Tengo que preguntar a mi familia quien es ese Benedetti.

No entiendo por qué mi prima no me contó lo que sentía. Nosotras hablábamos a menudo por teléfono.

Un día de éstos voy a dar un paseo por la playa. Aunque; mejor no. Eso no tendría sentido.



lunes, 14 de noviembre de 2011

Alguien Diferente

  

Un pastor y su rebaño se encuentran con un lobo, cuando regresaban a casa trás su paseo de cada día.
Las ovejas comenzaron a balar y a correr sin dirección alguna.
El perro intentó protegerlas interponiéndose desesperadamente entre las presas y el cazador.
Las manos y la frente del hombre comenzaron a sudar y a enfriarse al mismo tiempo, mientras con su brazo alzaba un callado desafiante.
Todos actuaron como era de esperar ...


    ... Todos, menos uno.
               Esa tarde, el lobo no tenía hambre.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Algo Ha Fallado

Me he levantado con el pie derecho, no he pasado por debajo de ninguna escalera, hace más de siete años que se me rompió el último espejo y me tiré por encima del hombro todos los granitos de sal que se cayeron al freír las patatas.

Lo he hecho todo bien, ¿verdad? Pues no.

Después de once años, nueve meses y veintitrés días cosiendo volantes, ajustando corpiños y rematando dobladillos para sofisticadas mujeres que no son yo; la semana pasada, el encargado de vestuario me invitó a una de esas fiestas glamorosas con las que, como cualquier otra cenicienta que tiene claro que lo es, tantas veces había soñado.

Entusiasmada, hice lo que cualquiera haría en mi lugar: Pedí hora para la cera y la manicura, llamé a Mónica y a Esperanza, recorrí todas las tiendas fashion y estilosas de Málaga y me prometí apuntarme a un gimnasio antes de que empezara el verano.

Busqué, me probé primero los vestidos que me encantaban, luego los que solo me gustaban un poco y al final unos cuantos que no estaban mal. Ninguno estaba hecho para mí y mi hada madrina no aparecía por ninguna parte. Pero, gracias a un entusiasmo que superaba bastante a mi realidad, eso no me importó.

Yo solita, era capaz de hacerme el traje más elegante, más sexy y más ajustado de toda la fiesta. Con quedarme dos o tres noches sin dormir para coserlo y cenar fruta para conseguir meterme en él, sería suficiente.

Ésta mañana, a las siete menos cuarto y tras cinco noches de café, hilo y tijeras, mi vestido estaba terminado.

Lo he hecho bien, ¿verdad? Pues, otra vez no.

Tengo que decir que, lo malo de mi nevera, es que las manzanas y las peras están al lado de las cervezas y de las aceitunas, por lo que el resultado de mi régimen no ha sido tan satisfactorio cómo esperaba.

Así que, aquí estoy yo. En la fiesta donde tenía planeado desquitarme de tantos años e estar al otro lado de las telas y, ya de paso, conocer al hombre de mis sueños. Sólo que, en vez de estar paseándome por todo el salón, marcando curvas, con ese andar bailarín de los que nunca han tenido ninguna preocupación importante y moviendo sofisticadamente mi pelo; tengo que conformarme con quedarme sentada en éste sofá rosa pálido, intentando pasar lo mas desapercibida posible, esperando a que se vaya el último invitado para poder levantarme de aquí y, concentrando todas mis fuerzas en sujetarme el vestido por la parte donde la cremallera me acaba de estallar.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

El Otro Lado De Un Cuento



 Cuando le conocí, yo acababa de quitarme mi vestido de princesa.

Apareció galopando tras el lado oscuro de la montaña que me parecía un corazón. Su armadura, lucía hermosa bajo los rayos del sol, pero no me dejaba ver su piel.

Tiró de las riendas, su caballo se paró junto a mí y mi cara apareció en su coraza de hierro.

Sujetaba fuertemente su lanza y, sin dejar de protegerse con su escudo, giró su yelmo y me miró; fue una lástima no poder verle los ojos.

            —¿Quieres ser mi princesa?

—Gracias; pero acabo de quitarme el vestido

            Apretó los estribos y se alejó a gran velocidad.

            Cuando volví a verle, yo acababa de encontrar mis alas.

El caballero de la armadura volvió a aparecer galopando tras el lado oscuro de la montaña que me parecía un corazón, tiró de las riendas, mi mirada volvió a reflejarse en él y, esta vez, bajó de su caballo.

Dejó su lanza en el suelo, se quitó el escudo, extendió sus manos hacia mí y se acercó.

—Ya no estoy armado. Ya no tengo protección

 Yo seguía sin poder ver su piel ni sus ojos.

—Gracias, pero quiero aprender a volar


Cuando volví a verle, ya era una maestra volando sobre mí misma. Volaba encima de mí, volaba debajo de mí, volaba a mi lado.

El caballero volvió a aparecer galopando tras el lado oscuro de la montaña que me parecía un corazón. No tenía escudo ni lanza. Bajo de su caballo y, con una palmada sobre su lomo, le dejó en libertad.

            Se desabrochó su armadura y la tiró lejos de él; su piel era dorada cómo la arena de un desierto soleado cuando no tienes sed. Se quitó el yelmo; su pelo era oscuro cómo una hermosa noche sin luna. Me miró y sus ojos eran profundos y tranquilos cómo un océano en paz. Si no me pareciera cursi, diría que ésta vez mi cara se reflejaba en ellos.

            Me acerqué a él. Volé por su desierto, volé por su noche y volé por su mar. Juntos volamos por el cielo y juntos supimos que jamás podríamos volar más alto.


            Al amanecer; sin armas, sin escudos y más fuerte que nunca, se alejó desnudo tras el lado oscuro de la montaña que yo ya no necesitaba que me pareciera un corazón.






domingo, 6 de noviembre de 2011

Inesperadamente




Esa noche no había luna ni tampoco se veían estrellas que iluminaran el cielo por ninguna parte. Sin embargo, tuve la suerte de quedarme sin tabaco.

Salí a la calle y empecé a andar deprisa. Necesitaba arroparme con algo, y pensé que el humo de mis cigarros envolviéndome, podría servir.

El paseo que me llevaba al centro estaba vacío, y la única luz que se veía era la amarilla y tenue de un pequeño portal. Fui hacia él por si vendían cualquier cosa aceptable para fumar, pero enseguida me di cuenta, de que allí no había nada que se pudiera comprar.

Al acercarme, empecé a oír el sonido suave y tranquilo de una guitarra y una voz ronca que cantaba bajito. Me asomé. Llamaron mi atención, unas manos grandes que acariciaban unas cuerdas de acero, cómo si no quisieran hacerles daño. Luego me fascinó la manera en que aquellos brazos rodeaban a aquellas curvas de madera color piel. Sin darme cuenta, mi corazón empezó a acelerarse ante unos ojos que me miraron cómo si gritaran mi nombre en silencio. Bajé la vista, y entonces empecé a sentir aquella boca paseando por mi piel, al ritmo de la melodía que susurraba.

            Casi tumbado sobre una alfombra azul, rodeado de cojines con dibujos raros, y de páginas llenas de líneas negras y notas musicales, apoyado en la pared y con una sonrisa que prendió fuego de un chispazo a todos mis deseos; aquél desconocido siguió los movimientos de mi cara y de mi cuerpo, cómo si lo único que le importara fuera cada uno de los pasos que me llevaban a él.

Inesperadamente, mis poemas tristes desaparecieron y ya sólo existían sus canciones de amor.

Se levantó. Cerró la puerta por la que yo acaba de entrar seguro de que ya no faltaba nadie, se sentó junto a mí, y siguió tocando.

            Cada acorde era más sensual que el anterior y cada palabra que salía de sus labios, entraba más profundamente dentro de mí.

Un calor mágico empezó a subir por mis piernas hasta incendiarme, hasta apretar salvajemente mi estómago y hasta ponerme el corazón en la garganta.

El aire del deseo hinchaba mi pecho y alteraba mi respiración. Mis manos se me escaparon hacia él, perdiéndose por su cuerpo y dejándome claro que aquella excitación no sólo la sentía yo.

            Dejó la guitarra a un lado y sus brazos rodearon mi cintura acercándome apasionadamente.

Acarició mi espalda, mi cuello, enredó sus dedos entre mi pelo, cogió mi cara y me besó los labios mil veces.

            No quedó ni un rincón de nosotros que no recorriéramos juntos, ni ninguna sensación por expresar.

            Cuando todo acabó, salí a la calle y regresé a mi vida. Volví a acordarme del tabaco y me alegré de haberme quedado sin él. Miré hacia arriba y me encantó pensar que, en aquél momento, las estrellas llenaban mi cielo.

martes, 1 de noviembre de 2011

Aurora




  Cuando tropezó no sabía que, algo tan tonto, le cambiaría la vida.
            Un muchacho con sus rastas y una mujer vestida de verde se acercaron a ayudarla.
—¡Pobrecilla... Una señora tan mayor! ¿Está usted bien?
—Sí, sí. No se preocupen, contestó ella. Estoy muy bien
Se puso algo más nerviosa al ver que seguía viniendo gente... Una
niña corriendo con su madre detrás, un cartero con su carrito amarillo...
            Demasiado alboroto por tan poca cosa, pensó.
  Todos la miraban  hablándole a la vez.     
—¿Y su rodilla? Parece que tiene una herida
—No. No es nada. De verdad que estoy bien
Más que nada, por dar gusto a los que había a su alrededor se levantó, a ella no le habría importado quedarse así un ratito más, si hubiese estado sola, claro. Tirada en la calle, tampoco se estaba tan mal.
—¿Vive usted cerca?
—Sí, sí, ahí mismo
—¿Puede andar?
—Estoy bien... De verdad. Les he dicho que no ha sido nada.
Muchas gracias por todo
            Al fin pudo irse.
           
Caminó sin problema hasta su casa. Incluso, más rápido que de costumbre. Nunca le había gustado llamar la atención y tenía ganas de llegar.
            Al entrar por la puerta empezó a notar los efectos del golpe. Fue hacía su habitación, se quitó la ropa y se puso el pijama. El dolor iba aumentando.
Este cuerpo ya no es tan duro como antes, pensó.
            Se tumbó en el sofá, colocó un cojín bajo su cabeza, se recogió la melena casi blanca que le molestaba en la cara y comenzó a preocuparse.

            Todas las mañanas, menos los domingos, las dedicaba a cuidar de sus nietos. Tengo que avisar a Susana, ¿podrá arreglárselas sola?
            Se puso más nerviosa al pensar en Matías y en Daniel... Nunca había entendido como podían llevarle tanta ropa sucia; lavarla, coserla, plancharla... No sabrán hacerlo solos.
            ¿Y mi niño? Sale corriendo antes de terminar el postre. Pero aquí, por lo menos, una comida caliente toma al día.
            Cogió el teléfono. Suspiró. Sentía que les estaba fallando a todos. Comenzó a marcar un número, pero colgó antes de terminar. A lo mejor mañana estoy bien, pensó. No puedo hacerles esto a mis hijos. Me necesitan.
            Se tomó una pastilla para el dolor. Preparó una infusión de valeriana, se la bebió a pequeños sorbos y se acostó.
            Casi no durmió. No sabia como ponerse. Se levantó varias veces. Bebió agua. Se echó Betadine en la rodilla. Tomó otra pastilla. Cada vez le dolía todo más. ¿Y si mañana no soy capaz de nada? Pensó.

            Cuando amaneció, comprendió que no podía hacer otra cosa y cogió el teléfono.
—Susana... mira... que hoy no puedo ir a cuidar a los niños.
—¿Por qué no?. Tenías que habérmelo dicho con más tiempo.
—Estaba esperando por si me ponía mejor. Perdóname, ayer me
caí. ¿Sabes?
—Llamaré a mis suegros. No te preocupes y avísame cuando puedas venir. Bueno, o si necesitas algo.
— Gracias. Dale un beso a los niños.
Se quedó un rato mirando el techo. La pobre lleva tantas cosas
para adelante. Por ella seguro que habría venido a verme y a estar un rato conmigo.

Descolgó otra vez el teléfono.
—Matías. Soy yo...
—¿Quién?
—Pues, tu madre. ¿Estabas dormido?
—No. No, ¿qué pasa?
—No te preocupes pero ayer me caí. Casi no puedo moverme.
—Eso no es nada. Tu descansa y cuídate. Ya te hemos dicho que
nos da igual llevar la ropa a la tintorería.
—Gracias. Díselo a tu hermano.
—Vale. Si te duele llama al médico... Y a nosotros, claro.
—Sí. Os llamaré cuando podáis traer las cosas; creo.
Pulsó la tecla de colgar el teléfono.
No pensó y marcó otro número.
—Hola. Soy mamá.
—¿Qué pasa?
—Nada importante, estoy bien. Ayer me caí. No puedo ir a
comprar comida.
— Da igual, ya comeré por ahí. Llámame cuando estés bien
—De acuerdo.
—Me tengo que ir. Te llamo otro día... Dame un toque si quieres
algo.
—Gracias y no comas porquerías.

Soltó el auricular y cerró los ojos.
Mis hijos son maravillosos, pensó. No solo no me han reprochado
que me sintiera mal. Hasta me han dicho que les llame si necesito algo. De sobras sé yo que, si no vienen a verme, es porque no pueden. 

            Se levantó y apoyándose en la pared, a pasitos muy cortos, se dirigió al baño.
            Se desnudó. Descubrió los moratones que le estaban saliendo. Abrió el grifo del agua caliente, la mezcló con un poco de fría y se metió bajo la ducha.
            El agua le caía sobre la cabeza y, sin darse cuenta, sus lágrimas se unieron a ella, recorriendo todo su cuerpo.

            No fue consciente del tiempo que pasó así. Mezclada con el agua, el jabón y su llanto. Sí notó que, cuando volvió a la realidad y pudo cerrar el grifo, muchas cosas habían cambiado. 
El vaho había hecho invisibles las paredes  del cuarto de baño, pero la ayudó a mirar para ella por primera vez en treinta años. Tengo que ir a Londres, pensó. Me encanta la niebla.
            Respiró profundamente. Se secó. Se lió la toalla a la cabeza. Se dio unas friegas con alcohol,  lo mejor para los golpes; recordó. Se vistió. Abrió la puerta y salió al pasillo.
            Vio su casa más bonita que nunca. Hoy tenía tiempo para mirarla.
            El sol bañaba casi toda la terraza. Fue hacía ella. Paseó entre sus macetas; los geranios, sobre todo, estaban preciosos.
            Entró al salón. Se paró ante la estantería. ¡Cuantos libros por leer!
            Volvió al baño. Se secó el pelo. Hacía mucho que no saludaba a la mujer que  se reflejaba en el espejo. Se peinó y dijo en voz alta:
—La verdad es que eres una vieja muy guapa.
Fue hacia la cocina. Se preparó un café y se lo tomó con una magdalena. En unos días se me habrán pasado estos dolores, pensó.


Cogió una bolsa de la despensa y se fue a la terraza.
Quería mirar todos los colores de la ciudad, aspirar sus olores,
escuchar hasta los, normalmente insoportables, pitidos de los coches bajo su casa. Y, entonces...
            Se sentó en la silla que miraba hacia el sol. Puso los pies sobre otra que colocó enfrente.
            Abrió la bolsa y, simplemente porque quiso... empezó a comer pipas.