Vacía Tus Maletas . . . Y Vámonos De Viaje

jueves, 28 de enero de 2016

Una Mujer En Sus Sueños




Mi estimado caballero:

Hace ya un tiempo que vengo pensando en escribirle, pero al no conocer a nadie que supiese como ayudarme en esta misión, no la he podido realizar hasta ahora. Al fin, la fortuna ha querido que un monje de esos que viajan por el mundo repartiendo fe a unos y a otros, pasara junto a mí huerta mientras yo acarreaba un haz de trigo que acababa de cosechar… Y aquí está, con su infinita sabiduría y bondad —como él mismo me ha comentado—, escribiéndole a usted lo que yo le diga.


Dicho esto, paso a centrarme en la cuestión que tanto me inquieta. 
Llevo unos meses recibiendo visitas, a cualquier hora del día o de la noche, de pastores, labriegos, mercaderes, y algún que otro pobrecillo —que más parece escapado del manicomio de Toledo, que hombre de bien—… Y todos ellos con la misma cantinela:

—Señorita Dulcinea, que su caballero andante D. Quijote de la Mancha se ha peleado con unos cueros de vino, porque dice que usted es la más bella...

—Señorita Dulcinea, que su caballero andante se ha enfrentado a unos molinos de viento, porque dice que usted es más hermosa del lugar...

—Señorita Dulcinea, que D. Quijote dice que le diga, que al fin le han nombrado caballero andante, porque usted es la mujer más elegante por la que un hombre podría suspirar... 


Y así un día, y así otro día, y así otro día más...

Y yo entre tanto aquí puesta, con las labores que me dan de comer. Con mi arado y con mis mulas. Con mi pelo enmarañado, mis sudores por la cara y mis kilos de más... Con mis muchas ganas de acabar la jornada para poder descansar tranquila, y mis pocas ganas de aguantar a cualquier desconocido que me venga con monsergas.

Y encima, Sr. Caballero andante, y para colmo de sin sentidos… Yo ni siquiera me llamo Dulcinea.

Como verá, esto no puede seguir así. Me he puesto a barajar posibilidades, y creo que se me ha ocurrido una buena solución para los dos.

Pensando que su señoría no me conoce a mí de nada, y por lo tanto tiene que darle igual una que otra, he llegado a la conclusión de que a usted que más le daría buscarse una moza diferente —más ociosa y más dispuesta—, para ser la señora de sus pensamientos y la musa de sus hazañas. Y, como por lo que me cuentan, me parece que ni un real, ni una oveja —y ni tan siquiera un mal revolcón—, se podrían esperar de esos honores, está claro que no debo enredarme en tonterías de enamorado que no llevan a ninguna parte.

De esta manera tan sencilla, usted tendría una mujer en sus sueños, y yo volvería a mi realidad.
Así que, compréndame usted Sr. D. Quijote, que le escriba esta carta un poco desesperada con la idea de acabar con estas idas y venidas de hombres por mis tierras, que no hacen otra cosa que espantarme a algún pretendiente que por fin me pudiera salir, que una ya va teniendo una edad, Sr, Caballero, y no puede perder un tiempo que no volverá…
Siga usted por esos caminos de esta tierra repartiendo bondades, saberes y justicias, y a mí déjeme con la vida que me ha tocado vivir. Que hay que estar muy preparado y creer mucho en ilusiones, para saber recibir los regalos que nos vienen...
Con afecto.
                                                 Aldonza Lorenzo








miércoles, 20 de enero de 2016

Sin Pedirme Permiso


      

Todo era azul chispeante aquella mañana. El sol brillaba y regalaba su luz por mi mundo. El agua del arroyo me cantaba. Los pájaros bailaban conmigo…
Y yo no podía imaginarme un lugar mejor por donde soñar.


            Las paredes aparecieron de repente.
Mi silla surgió debajo de mí, y se volvió helada y dura.
Intente levantarme para acostarme otra vez en mi habitación, pero el pasillo estaba lleno de unos peldaños que solo sirven para subir.
Yo estaba demasiado cansada pero llegué a mi cama, porque eso era lo único que quería hacer. Mis sábanas no eran lo bastante grandes como para refugiarme entera, y mis mantas no podían arroparme como yo necesitaba en ese momento.
Me dormí con frío.

            Un campo abarrotado por una hierba tan verde como la hierba más verde del mundo, me acercaba a las montañas más altas. Yo iba por una vereda sin cuestas arriba, por un sendero sin piedras que no hacía otra cosa que llenar mis pasos de paz.
Me apeteció salirme de mi camino… Y lo hice… Y nadie me regañó por ello…

No podía moverme. Sentía el invierno a mi alrededor, y el radiador lo tenía demasiado guardado.
Un suspiro de los de —Basta ya de penas—, se me escapó sin control mientras dormía.
Respiré…

Una casita sin vallas asomaba entre los árboles. El humo de su chimenea se mezclaba con las nubes, y el calor de su interior llegaba balanceándose hasta mí.
Con la serenidad que da sentir que has encontrado tu sitio, me acerqué sin prisas.

Como si una brisa con olor a tomillo y a lavanda me embriagara desde dentro, se me llenó el cuerpo de imágenes en color y en blanco y negro. Recuerdos de amor y de nostalgia con tristezas, se me mezclaron. Mis canciones rockeras y mis boleros, salieron a bailar sin pedirme permiso. Y… entre sueños, empecé a acordarme de las sendas serenas que siempre tengo junto a mis peldaños de subida.

La puerta de la casita sin vallas estaba abierta y eso me pareció de lo más normal. Una mesa con un tarrito de cristal lleno de margaritas tapaba parte de la leña amontonada al fondo. La luz de las llamas lo iluminaba todo y la sombra de las flores se escondía por cada rincón del salón.

           Abrí los ojos. Me sorprendió no verme rodeada por las chispas de la lumbre que estaba sintiendo, pero la borrachera que traía —no sabía de dónde—, me ayudó a sonreír.
Desperté…  
Extendí los brazos. Salté de la cama. Y desperté más…
Me puse de puntillas. Levanté la cabeza. Y respiré otra vez.
Respiré mucho.
Decidí que ya había pasado suficiente frío, y se me ocurrió que ese era un buen momento para buscar mi estufa —estuviese donde estuviese—…
Recordé algo de lo que había soñado:

Me acerqué al fuego.
Me acurruqué sobre el sillón verde lleno de mantas enormes que había enfrente.
Dejé que la magia de la chimenea hiciera lo que quisiese conmigo…
Y, me dormí.

            De vez en cuando… Le permito a mis sueños, que se parezcan un poquito a mi realidad.
           
            


viernes, 8 de enero de 2016

Dos metros de cien palabras


       


Nuestro equipaje


Camina a mi lado con su carita de buena. Baja despacio las escaleras del metro que acaban de inaugurar en Málaga. Me agarra fuerte, y su ilusión traspasa nuestras ropas.

Se emociona cuando me cuenta que montaba con su madre en Madrid al acabar la guerra, y siente aquella inquietud. Le divierte que a mi padre le encantara subirse de novios, porque ahí ella le dejaba agarrarla por la cintura. Me recuerda de pequeña saltando y aplaudiendo, cada vez que el tren se metía por el túnel.

        Cuando nos sentamos en el vagón, el mejor viaje lo habíamos hecho ya.



       


Vaciando maletas


Bajo cargada las escaleras del metro. La parada del Perchel está junto al autobús. Eso me tranquiliza.

Saco el billete.

Al pasar por la entrada, mi equipaje no cabe bajo la barra del torno.

Lo intento. Lo intento. Lo intento…

Muchas veces he conseguido seguir con mis cargas y no me ha importado. Pero de repente, sí. De repente me trastorna. De repente estoy muy harta.

Cojo mi maletón de cuatro ruedas y lo pongo a un lado cuidadosamente. Suelto el paquete de regalos, la bolsa de mano y el neceser.

Y así, sin maletas… Consigo continuar mi camino de verdad. 



jueves, 29 de octubre de 2015

Y Le Ponemos La Mantequilla





Dormía en el sofá del salón. Sus curvas me transmitían una serenidad, que si no fuese una mujer me habría sido imposible percibir. Su pelo castaño le caía sobre la cara dejando que un mechón rozara sus labios. Esos labios que tantos cuerpos habían recorrido, que tantas bocas habían besado… Esos labios que tan minuciosamente me habían descrito tantos días de pasión —con esa clase de ardor—, que sólo una mujer que se sintiera fantásticamente bien follada, podía trasmitir.
Sus poros se abrían de par en par y su piel se erizaba de una manera totalmente perceptible cada vez que recordaba a sus amantes. Hablaba de cada uno como si fuera único. El único amor de su vida… El único amor de su vida por esa noche. Se revolucionaba su respiración mientras me contaba lo que sentía con el contacto de su boca, mientras me describía su cara, sus hombros, sus manos, su pecho, su cuerpo… Impetuosamente todo su cuerpo. Volvía a excitarse con solo recordar a esos hombres que habían sido su vida entera, durante unas horas.
Me acerqué a su lado y me sorprendió notarla cansada. Nunca había pensado que pudiera ser frágil alguna vez.
No se si notó mi presencia, o si fue una de esas casualidades de las que habla la gente, pero en ese momento se despertó.

—Buenos días.
—Hola. Ummmm. ¡Que sueño! ¿Hace mucho que estás despierta?
—Un ratillo. Voy a preparar café.
—Al final me quedé frita en el sofá.
—Yo también. Me parece que nos dormimos hablando.
—¡Que bien lo pasamos anoche! Y que sinvergüenzas que son los hombres… Y que guapos algunos… Y cómo nos reímos…
—Es verdad. Cada día me divierten más esos juegos de seducción. Pero si me parece que voy a aprender y todo... Y esas caritas que ponen —cuando nos miran como miran los hombres—… ¡Me encanta!
—Esas caritas y esos cuerpecitos. Que no veas algunos… ¡Ufff! Me pongo hasta nerviosa al acordarme.
—Hace un rato he estado pensando en lo espontaneo que te sale todo éste juego. En lo natural que haces que resulte ponerle morbo a cualquier tontería.
—Pues yo anoche te estuve observando un rato, mientras hablabas con ese chico rubio tan alto, y me di cuenta de lo tranquila y de lo bien que se te ve ahora. ¿Te acuerdas de cuando no podías ni hablar con nadie del género masculino? ¿Y de cuando empezaste a salir por las noches? ¿Y de ese pavo que te entraba siempre?
—¡Cómo se me va a olvidar! Sobre todo por lo que te reías tú a mí costa... Pero, si no sabía ni cómo ponerme cuando estaba cerca de la barra de un bar. No se me ocurría ninguna manera que me gustara para poner las manos, ni para colocar las piernas. Pero si en cuanto me miraba un chico, me daba la vuelta…
—Bueno, eso pasó y ya no te cortas por bobadas viejas. Ya no te preocupas de lo que pueda creer nadie. Simplemente haces lo que te sale hacer… Sin más historias.
—Mis peleas de siempre contra mi timidez. Tú lo sabes bien… Pero esas batallitas ya las voy ganando de vez en cuando. Ya mismo seré la mujer más espontanea del mundo… ¿Y sabes de lo que tengo ahora unas ganas enormemente espontaneas y arrebatadoras?
—No me digas que tenemos que llamar a algún amigo a estas horas tan tempranas…
—No. Tengo unas ganas enormemente espontaneas y arrebatadoras… De un café gigante.
—¡Ah, vale! Yo también. Pon la cafetera, que voy preparando las tostadas.
—Perfecto. Encendemos el fuego… Las calentamos... Y luego, les ponemos la mantequilla…






domingo, 4 de octubre de 2015

La Mala Memoria De La Vergüenza





La vergüenza tiene mala memoria, y por eso siempre volvemos.

Volvemos a cometer los mismos errores mil veces porque a la vergüenza de la torpeza se le olvida lo que aprende… Volvemos a permitir que nos hagan sufrir… Volvemos a hacer daño...

La poca vergüenza no solo tiene mala memoria, sino que tiene la peor memoria del mundo… Y volvemos a olvidar con una facilidad prodigiosa lo que nos da la gana.

Pero también tiene mala memoria otra clase de vergüenza. La vergüenza de la timidez. La vergüenza del sonrojo. La vergüenza del ¡Ay… Que vergüenza!
Así que, con esta vergüenza también volvemos… Volvemos a ruborizarnos como antes. Volvemos a ponernos nerviosos cuando nos habla alguien que nos gusta de esa manera distinta que todos conocemos. Volvemos a sentir cosquillas por el pecho. Volvemos a intentar disimularlas porque nos da vergüenza...

Y entonces —algunas veces y por un momento—, volvemos  a hacer tonterías de esas tan tontas que hacíamos con los chicos y con las chicas de veinte años… Y que luego hicimos con los de treinta… Y que hace poco hemos hecho con los de cuarenta…
Y, cómo ahora esas tonterías tan tontas nos siguen entrando con los de cincuenta, ya no debemos dudar, que esta clase de vergüenza también tiene mala memoria…
Con todo esto, podemos adivinar, que van a seguir pareciéndonos guapos esos chicos y chicas de sesenta, de setenta, de ochenta o de noventa que conocemos o que nos quedan por conocer. Y ahora sabemos que muchos de ellos nos resultarán muy atractivos. Así que ya está claro, que con alguno volveremos a hacer tonterías de esas tan tontas… Porque, por suerte, la vergüenza de las emociones... También tiene mala memoria.



martes, 22 de septiembre de 2015

Capítulo 2 De La Novela "Al Lado De Violeta"


           



      Mi abuela me enseñó a hacer croquetas, el significado de la palabra cómplice y lo genial que es recrearse en todo lo que nos gusta. Mi abuelo intentó que aprendiera a acabar lo que empezara —lástima que se muriera antes de conseguirlo—. Pero cada vez que me cogía de la mano, yo entendía lo que es sentirse protegida.
Mi padre quería que yo fuera la mejor. Cuando comprendí lo subjetivo que es este concepto, y que iba a seguir siendo su hija aunque yo fuera un desastre, todo fue menos duro. También me demostró más de mil veces que es posible emocionarse con el mismo culo durante muchos años… Si no fuera por él, hoy juraría que eso no es verdad.
Mirando a mi madre me di cuenta de lo natural que debería ser abrazar a las personas que quieres, y de lo difícil que resulta intentar que todos estén bien a nuestro alrededor. Con ella conocí a Gardel, supe lo bonitos que son los boleros y lo mucho que me habría gustado saber cantar cualquier cosa.
Junto a mis amigas me dejé conquistar, primero por el balón bolea y por el “Sota, caballo y rey”; y luego por Génesis, Serrat y Debussy. Experimenté la unión que trasmite hablar, reírse o compadecerse al lado de alguien durante horas, y la pasión que acompaña a romper las primeras reglas.
Así, en medio de todo esto, cumplí dieciséis años. Y entonces… Miguel García Moliner me enseñó a fumar, a montar en moto, a que no había nada malo en desabrocharse un botón más de la camisa y lo que se siente cuando te abraza un hombre enamorado. No necesité tener experiencia, para darme cuenta ya entonces, de lo increíblemente maravilloso y difícil que es eso. 
Por esa edad Lidia, Anouk y yo estábamos siempre juntas. Cada una teníamos otras amigas, pero nunca nos mezclábamos para salir. Teníamos muy claro, que nuestra relación se convertía en muy especial, cuando estábamos juntas las tres solas.
Nos resultaba tan normal hablar sin parar, como estar en silencio toda una tarde escuchando veinte veces la misma canción. Unos días andábamos cuarenta minutos para comprarnos un bocadillo de pinchitos en el parque, y luego sentarnos a comérnoslo en cualquier escalón de una calle tranquila. Y otros nos quedábamos encerradas en la habitación de la casa de Lidia o en la mía, con un té o con unas Coca Colas en el suelo. Fue uno de estos días, cuando se nos ocurrió merendar palmeras de chocolate.
Lidia venía muchas veces con su hermano Alejandro. Por supuesto que a Anouk y a mí nos habría encantado que fuese más mayor, pero Ale entonces era sólo un niño de once años que siempre estaba leyendo tebeos de Conan —ahora creo que lo haría sobre todo para salvarse de lo aburridas que debíamos resultarle—. Él estaba con nosotras, la primera tarde que decidimos entrar en aquella confitería.
Varias personas aguardaban su turno, y una señora con unos enormes pechos les atendía por detrás del mostrador. Mientras esperábamos, giré la vista hacia el pasillo que estaba a mi lado. Y allí, en la habitación del fondo… entre bandejas llenas de ensaimadas, cruasanes, y bollitos de leche… con una camiseta que dejaba sus hombros al descubierto… acariciando una enorme masa de harina, azúcar y agua… empapado en sudor y envuelto en olor a pan caliente… No dejaba de mirarnos, Miguel García Moliner.
Las palmeras de chocolate despertaron en mí un deseo que, desde luego, nada tenía que ver con su sabor. Ni siquiera ahora pueden dejar de trasmitirme sensaciones nostálgicas e increíblemente morbosas, a partes iguales.
No hace falta decir, que los bocadillos de pinchitos que nos preparaba aquel hombre gordo y cincuentón en el parque, no podían competir con el placer que nos proporcionaba meternos en la boca aquellos dulces recién hechos, cubiertas por la mirada de Miguel. Así que la frecuencia de las visitas al parque bajó a toda velocidad, y casi todas nuestras meriendas se convirtieron en tardes de pasteles.
Uno de estos días, mientras esperábamos que nos despachara la señora de enormes pechos, él se acercó:
Salgo en diez minutos
Y todo empezó a temblar a nuestro alrededor.
A las siete y cinco, con una camiseta azul marino y un pantalón de pinzas casi blanco, con unas gafas de sol en una mano y un llavero enorme en la otra, Miguel García Moliner vino hacia nosotras. Nos presentamos, le dimos dos besos cada una, hablamos de matemáticas y de pasteles, nos pusimos nerviosas, luego nos pusimos más nerviosas y, cuando ya era imposible que nos pusiéramos aún más nerviosas, quedamos para el día siguiente en la puerta de la Facultad de Derecho —según él, el lugar perfecto para refugiarse de casi todo—.
Sacó las llaves que se había guardado en el bolsillo, y nos dirigimos hacia una Cota 49 roja y brillante aparcada cerca de nosotros. Se agachó para quitarle el candado; sus pantalones, su espalda y sus brazos se convirtieron en el centro del mundo... Y yo borré para siempre cualquier duda que pudiera tener, sobre si me gustarían los hombres o no.
Se montó en su moto, desapareció por la primera curva a la derecha, y Lidia, Anouk y yo, nos quedamos un rato flotando en la acera.
Miguel García Moliner fue el primer hombre que compartimos Lidia y yo. La relación con Gabino sería mucho más física y mucho menos importante… Pero eso ocurrió diez años después.
Casi todos los días al atardecer, saltábamos la valla de la Facultad de Derecho, rodeábamos la estatua de la Virgen que había en el jardín y nos sentábamos en el alfeizar de la que se convirtió en nuestra ventana.
Estoy convencida de que empecé a fumar para tener algo en común con Miguel.
Anouk era la encargada de esconder nuestro paquete de Sombra, cada anochecer en un árbol distinto, pero ella nunca fumaba. Al llegar a nuestra ventana, buscaba el tabaco y, sólo entonces, empezábamos a hablar.
Para Lidia y para mí, fumar era todo un ritual. Ninguna de las dos podíamos decir nada o caminar con un cigarro en la mano, pero Miguel sí podía.
Él nos contaba sus viajes con su hermano, nos hablaba de motos y de coches, del trabajo en la pastelería y de sus chapuzas para ganar más dinero, de las novias que había tenido y de los amigos con los que se montaba sus fiestas. Nosotras sólo sabíamos hablar de nuestros padres, del colegio, y de alguna historia de escritores, de descubridores o de inventores que estudiábamos en clase y que nos hacía gracia. Claramente, nada lo bastante emocionante cómo para competir con las aventuras que nos contaba MIguel.
 Entonces, todavía no entendía porque él pasaba tanto tiempo con nosotras.
El diecisiete de Mayo de mil novecientos ochenta y uno se produjo un eclipse total de luna. Entonces, únicamente lo disfruté, pero la verdad es que cada vez que ha habido un cambio en mi vida, ocurría junto a algo llamativo de mi alrededor. Tengo un amigo que dice que estamos rodeados de señales que nos avisan de algo o que nos resuelven las dudas sobre el camino a seguir en un momento determinado, y que solo tenemos que abrir los ojos para verlas. Yo no creo que sea así. Pero si hay instantes en que, como un resorte, algo salta y todo se mueve. Y que, inesperadamente, cosas importantes dejan de ser como han sido hasta entonces desde ese minuto y para siempre.
La tarde de la noche del eclipse, llegué a la verja de nuestro escondite la primera y Anouk apareció enseguida. Saltamos la valla y fuimos a sentarnos al alfeizar de nuestra ventana. No tenía ningún sentido para mí fumar sola, así que mi amiga no fue a buscar el paquete de Sombra hasta que vino Miguel. Llevábamos cerca de media hora charlando y riéndonos mucho, cuando Lidia apareció y nos dejó sin palabras a los tres. El precioso vestido rojo que llevaba, su trenza negra y su cara morena brillando de ilusión, le daban un aspecto más luminoso y feliz que nunca.
Recuerdo que hablamos de lo que queríamos estudiar cada una. Lidia miró a su alrededor, luego a nuestro amigo, y dijo que ella quería hacer Derecho… Que yo supiera, nunca lo había pensado antes, y me pareció que lo que ella deseaba de verdad en ese momento era quedarse allí, con nosotros, para siempre.
Yo no tenía ni idea de lo que iba a estudiar, sólo sabía que me encantaba hacer redacciones y bailar ballet y cualquier música, y que todo el mundo debería probar lo que se siente al escribir y al moverse donde nos lleven los sonidos bonitos. Así que dije que estaría bien montar una escuela donde se pudiera aprender a hacer las cosas que no se estudian en las carreras normales, las cosas que no sirven para nada práctico, las que solo se hacen por puro placer.
Miguel no decía nada, así que le preguntamos directamente. Dio una calada grande a su cigarro, pero esta vez sin el punto ese de chulería que él siempre tenía cuando hablaba y fumaba mezclando el humo con sus palabras...
—A mí lo que me gustaría sería poder elegir, poder pensar en elegir… A mí lo que me gustaría es poder hacer lo que estáis haciendo vosotras
Nos quedamos en silencio unos minutos. Acabábamos de descubrir uno de los motivos por las que Miguel pasaba tanto tiempo con nosotras… Al final de la noche, él me mostró la segunda razón.
Mi ídolo bajaba de su pedestal para ponerse a nuestro lado. Y entonces, no sé si por por unas horas o para siempre, nos hicimos amigos de verdad.
Lidia se había mostrado nerviosa, coqueta y radiante durante toda esa tarde. Pero cuando Anouk y yo volvimos del servicio de señoras, cómo llamábamos al sauce que había al fondo del jardín, nuestra amiga ya no desprendía luz. Todo se puso un poquito más oscuro y, aunque yo entonces no sabía por qué, decidimos irnos a casa temprano.
Pasaron años hasta que Lidia me contó lo que había ocurrido entre Miguel y ella en el rato que estuvieron solos, pero en aquel momento ni siquiera me lo imaginé. Yo también tarde mucho en contarle lo que viví aquella noche, y lo hice como si no hubiese sido tan importante.
Llevaba unos metros andando sola, cuando Miguel apareció derrapando en su Cota 49.
—Hola Violeta, ¿te llevo?
—Mejor, no. Si te ven mis padres, me muero
—Pues, vamos a dar una vuelta. Yo nunca he visto un eclipse de luna
—Es que tengo  que estar a las nueve y media en casa
—Pero si son sólo las ocho y cuarto…
 Me subí a la moto apoyándome en el sillín, mientras él me cogía por la cintura apretándome contra su espalda. Arrancó y el viento, su pelo y su olor, comenzaron a acariciar mi cara de una manera intensamente suave.
 Tenía mi cara sobre su hombro para poder oírle mejor lo que me iba contando. Pero, de repente se calló, e inclinó su cabeza hacia mí. Su barba de dos días rozaba mi mejilla, pero estoy segura de que eso no fue lo que provocó que me pusiera tan colorada.
Aflojó la velocidad cuando entramos en el Paseo de la Farola, quitó una mano del manillar y la puso sobre mi rodilla, la deslizó hasta mis caderas haciéndome sentir toda mi piel, y a mí solamente se me ocurrió separarme. Volvió a agarrar el acelerador y embistió hacia delante con un ímpetu que me asustó un poco. Mis brazos le rodearon instintivamente para sujetarme y, cuando sentí su pecho bajo mis manos, se me olvidó que podía sentir miedo.
Seguimos hacia el morro del puerto, según él, allí veríamos bien el eclipse. Justo antes de llegar, cuando las luces se habían quedado atrás y mezclado con el viento en mi cara, el olor a él, su pelo revuelto, sus manos acariciando mi pierna, y mi pecho apoyado en su espalda… Pronunció muy despacio y con una voz grave que me hizo temblar, una palabra que hasta entonces nunca me había gustado demasiado: Violeta.
Al llegar al final, dejamos la moto y nos sentamos en una de las piedras que asomaban sobre el mar. Pasó su brazo por mi hombro y yo crucé  los míos sobre mi cintura con una vergüenza que ahora me da coraje. La luna desaparecía frente a nosotros, pero yo sólo podía sentir las manos de Miguel enredadas entre mi pelo. Nunca había pensado que algo así me podría ocurrir a mí y nunca que además pudiera sentirme tan especial como en ese momento él me estaba haciendo sentir.
Miguel García Moliner cogió mi barbilla y unió sus labios a los míos con la dulzura y el calor de todos los pasteles que habían pasado por sus manos. Mi piel ardía así por primera vez en mi vida y, me puse tan nerviosa, que lo único que se me ocurrió fue dar un salto y levantarme.
Miguel se puso de pie frente a mí, me abrazó, apartó el pelo de mi cara suavemente, y mirando de una manera que yo no sabía que se podía mirar, me dijo: No es posible estar más enamorado.
Sus labios volvieron a acercarse. Besó mi frente, mis mejillas, mis orejas, mi cuello y mi boca. Nuestras lenguas empezaron a jugar, despacio primero y deprisa después… Con dulzura primero y con pasión después… Sus brazos me apretaban como si mi cuerpo le estorbara para llegar a mí y nosotros nos mezclamos, no sé de qué manera, pero si sé que para siempre. Otra vez, se me olvidó sentir miedo.
Eran casi las diez cuando llegué a casa. Mi padre me regañó. Cené y me metía a soñar en mi cama.
Cuando desperté, la luz del sol lo estropeó todo. Mis miedos volvieron a aparecer y muchas otras cosas desaparecieron.
Lidia faltaba a nuestras reuniones en los jardines de la Facultad de Derecho, cada vez más frecuentemente.
A Anouk ya no le divertía escondernos el tabaco y aparecía y desaparecía sin motivo, hasta que al final, sencillamente, dejó de ser la Anouk que siempre habíamos visto.
Yo solamente intentaba no pensar... No permitía que me diera tiempo a otra cosa.
Y cada una por una razón que ni siquiera habíamos hablado entre nosotras, echamos a Miguel de nuestras vidas.
Nuestra ventana, dejó de ser nuestra ventana. Nuestro jardín, ya no fue más nuestro jardín. Nuestras conversaciones se murieron lentamente y todo lo que había sido un mundo perfecto durante meses, desapareció de repente.
Miguel empezó a salir con otra pandilla, a pasearse por mi calle en su moto, con sus novias, con sus botellas de ron y con todo lo que se pudiera fumar.
Las vidas de cada uno siguieron por sus caminos. Unos caminos que nunca han dejado de cruzarse. Y, no sé los demás, pero yo no recuerdo ninguna época de mi vida en que no me haya preguntado en algún momento: ¿qué habría pasado si, al día siguiente del eclipse, se me hubiese olvidado sentir miedo otra vez?

 



lunes, 10 de agosto de 2015

Algunas Veces . . . Por Muchos Instantes




El mundo, algunas veces nos sonríe. Nos sonríe... Y es como si todo lo que tenemos cerca nos achuchara con mucho mimo.
Algunas veces, el mundo nos envuelve en una mantita de esas tan suaves, y nos llenamos de ese calor reconfortante que nos da tanta seguridad.
Algunas veces el mundo nos pone música de baile. Música de la que a nosotros nos gusta bailar. Música de la que apaga —justo a tiempo—, todos los sonidos estridentes de nuestro alrededor.
El mundo, algunas veces, nos hace un guiño de complicidad. Nos mira chispeante y seductor, y sabemos sin ninguna duda, que nada puede salir mal.
Algunas veces, el mundo nos besa desde la cabeza hasta los pies. Nos besa con pasión. Nos besa con pasión y con muchas ganas, y por todos nuestros rincones… Nos besa y nos acaricia. Nos besa, nos acaricia y encuentra la manera de empaparnos de miles de sensaciones sin ningún pudor.

El mundo, casi todas las veces, nos sopla confeti de colores. Casi todas las veces de colores… También cuando solo nos llegan los pedazos de  papel con tintes grises y oscuros. Pero el mundo, casi todas las veces, sopla confeti de colores... Y, algunas veces —incluso cuando a nosotros ya nos da igual—, esa lluvia de tonos brillantes se las arregla para empaparnos. Se las arregla para calarnos la piel de entusiasmo, hasta cuando ya nos hemos colocado uno de esos chubasqueros con doble forro tan impermeables a la ilusión.

Y algunas veces —por muchos instantes—, el mundo nos regala alegría sin ningún tique de devolución. Y algunas veces —por muchos instantes—, somos felices.



domingo, 19 de julio de 2015

El Otro Lado De La Vida




              
        La puerta se abre.
        La silla se pone mirando a la ventana.
        Se enciende la radio, y canta Gardel.
        Llueve confeti en mi habitación…
        Y ella aparece, entre las flores de la buganvilla de la terraza.

        Cuando murió mi abuelo venía a verme como todos los demás… A través de la pared, envuelto en una nube y cuando me estaba quedando dormido… En fin, que se me aparecía como deben aparecerse las personas normales.
        Pero ella no puede hacer las cosas como todo el mundo, así que se me presenta como le da la gana. Nunca ha sido una mujer corriente... Sería un poco raro que cambiara ahora.

        Echo de menos las tardes con mi abuelo. Se sentaba a mi lado y no paraba de contarme historias de cuando estaba vivo...
Lo que le enamoró de mi abuela, su trabajo y sus chapuzas, las cervecitas con los amigos... —Cosas de hombres—, como él decía.
        Yo me tomaba un café y le escuchaba.
Prefería no comer rosquillas, ni galletas de chocolate... ¡le gustaban tanto!
        Se ponía triste y rabioso cuando recordaba algo de lo que ya no podía hacer…

        Pero, esta mujer… Siempre ha sabido como llamar mi atención. Siempre ha sabido seducirme con sus sorpresas diferentes…

Viene un rato, y deja la casa hecha una porquería. —Cómo ya no tiene que limpiarla—.
        Pero esta mujer, es mi mujer... La mujer que nunca dejará de fascinarme.

Estoy tan cansado de estar solo.
Me siento. Hago un crucigrama. Hablo por teléfono con mis hijos. Veo las fotos que me mandan mis nietos al móvil…
Me tumbo. Pongo la tele. Cierro los ojos. Paso demasiadas horas en el sofá...
¡La echo tanto de menos!

La puerta... La silla... Carlos Gardel... Confeti…
¡Ya está aquí mi niña!
—¡Que alegría! Pero, ¿y esa cara? A ti te pasa algo…
—Yo conozco esa mirada. No digas que nada… Sabes que nunca has podido mentirme
—Vale, como quieras. Pero, que sepas que no me engañas… ¿Sabes? Ayer te llevé margaritas
        —
—Pues claro que las cogí del campo… ¡Cómo si no te conociera!
—Que sí… Que ya sé que estoy más gordo. Últimamente no ando mucho
—No son excusas. A ti te es muy fácil seguir tan guapa
como siempre.
—Pero si sabes de sobra que nunca he podido enfadarme
contigo. Lo único que quiero es que nunca dejes de estar cerca de mí...
        —
—Es que no puedo evitar ponerme triste, mi niña… Extraño acariciarte, extraño besarte... Extraño todo contigo
—Vale. Pero no sigas mirándome así…
—Anda calla, que si no fuera por lo que es... Pero, si es que eres la mujer más guapa y más sexi del mundo
—Ya sé que no he cambiado
—Y yo a ti, mi amor... Sigue hinchándoseme el pecho, cada
vez que te veo
—¿Qué haces? Es la primera vez que me das la mano desde aquél día…
—No estés triste... Pero, si hace siete años que no me sentía tan vivo
—Sabía yo, que a ti te pasaba algo hoy…
—Claro que sí. ¡Vamos, mi niña!
—Este es, sin duda... Uno de los mejores momentos de mi vida.







miércoles, 8 de julio de 2015

Azul





 Agua azul, cielo azul, espuma azul, olas azules…
 Cubierta del barco para arriba, cubierta del barco para abajo…       
 Ron para comer, ron para cenar…         
Un parche que nunca sé bien en que ojo colocarme…   
          Y este estúpido loro horroroso, todo el día colgado                   de mi hombro…       
 ¡Quien me mandaría a mí meterme a pirata!       
 A veces, echo de menos mi casa rodeada de coches escandalosos, mi aburrido trabajo en aquella oficina sin vistas a ninguna parte, mis noches de tragarme cualquier cosa que pusieran por la tele…        
A veces, echo de menos poder ir de sensiblero y de pacifista sin disimular… y todo, lo que entonces significaba para mí, la odiosa monotonía.

Es curioso, cómo la vida nos va transformando el significado de las cosas sin darnos cuenta.

La mañana de aquél domingo en que decidí cambiarlo 
   todo, me pilló en la playa. Si hubiese estado paseando 
entre árboles, seguramente ahora sería uno de esos 
asaltantes de caminos —estilo Curro Jiménez—, con mi 
caballo y mis botas  camperas... Pero yo estaba mirando el 
mar, y lo único que quería era meterme emociones como 
fuera.
       
Algunas veces el azar nos sorprende —como si existiera de verdad— y otras, necesitamos zarandearnos muy fuerte para ver lo que se cae a nuestro suelo y lo que se nos queda agarrado de nuestras ramas.        
 A mí, en aquél momento, me pasaron las dos cosas. Primero… Que me di yo solo el meneo más grande del mundo —sin haberlo preparado ni nada—, y me pareció más fácil pegarle una gran voltereta a todo lo que era mi realidad, que cualquiera de los otros pequeños movimientos que se me ocurrían. Y segundo… Que la casualidad —como si existiera de verdad—, me trajo hasta el mar.

 


       Pero ahora… aquí estoy, otra vez.  Con mi nueva monotonía. Con mi nueva vida repetida de todos los días.Aquí estoy otra vez... Con este aburrimiento, igual de aburrido que el de mis días más aburridos de otros tiempos.           
Ya casi no recuerdo, cuando me encantaba el color azul. Cuando amanecer mirando el horizonte aún era capaz de emocionarme. Cuando escuchar las olas, todavía me daba paz…        
Ya casi no recuerdo, cuando el mar y los amaneceres alucinantes eran mi novedad. Cuando este universo de agua, siempre estaba lleno de descubrimientos…. Ya casi no lo recuerdo.
         
 Voy a tener que aprender a reconocer, que lo que nos apasiona en la vida, puede dejar de apasionarnos de repente… Que lo que nos hace vibrar de verdad, no es siempre lo mismo…           
Me parece… que estos pensamientos me suenan, que estas sensaciones me suenan. Me parece… que este oleaje tiene toda la pinta de que me va a revolcar otra vez…            
Voy a subirme al mástil a ver si veo por ahí algo que no sea azul.          
Aunque, cualquier lugar seco, tampoco estaría nada mal para empezar.     
 Vale. Un lugar seco y que no sea azul… No parece complicado…          
Pero un lugar seco y que no sea azul, donde admitan amigos… Porque, este estúpido loro horroroso, se viene conmigo.